Mantenimiento:
El Nuevo Paradigma
INTRODUCCIÓN
Hace ya tiempo que casi todo lo que se publica sobre
temas de la Gestión está dominado por el argumento de cambio. Se exhorta
a todas las disciplinas a adaptarse a cambios en organización, diseño,
tecnología, capacidad de liderazgo, comunicaciones; es decir virtualmente en
todos los aspectos de la actividad laboral. Tal vez donde esto se percibe con mayor extensión y
profundidad es en el campo de la administración de los activos físicos.
Una característica impactante de este fenómeno es la
cantidad de cambios que han ocurrido simultáneamente. Algunos han
ocurrido a nivel estratégico, casi filosófico, mientras otros son más tácticos
o técnicos en su naturaleza. La extensión de los cambios resulta aun más
sorprendente. No solo implican cambios radicales de dirección (a veces
diametralmente opuestos a como se hacían las cosas en el pasado): algunos
pretenden enfrentarnos con conceptos totalmente novedosos.
El presente trabajo identifica quince áreas clave de
cambio. Cada uno por sí mismo ya tiene suficiente alcance como
para merecer mucha atención en la mayoría de las organizaciones. En su
conjunto, constituyen un paradigma íntegramente nuevo. El acomodarnos a
esta migración de paradigmas significa que para la mayoría de nosotros, la
administración de los activos físicos se va a transformar en un monumental
ejercicio de cambio a lo largo de los próximos años.
Cada uno de los cambios por sí solo es suficiente
argumento para un libro, o varios (piense en todos los libros disponibles tan
solo sobre el tema de mantenimiento preventivo). Entonces un breve
trabajo como el presente no puede lograr la exploración de todos los cambios en
detalle. En efecto, va al extremo opuesto: limita cada área de cambio a
dos máximas, seguidas por una breve explicación. En cada caso, una máxima
pretende sintetizar el modo en que se hacían las cosas, mientras la
otra sintetiza cómo se hace - o debiera hacerse - ahora.
Cualquier intento de resumir un tema cualquiera
en una o dos oraciones, corre el riesgo de introducir una
sobre-simplificación. Más aún quince temas. Sin embargo una
síntesis como ésta satisface dos propósitos:
·
provee
una rápida visión de cuáles son los cambios
·
provee
una base de comparación para las diferentes herramientas de apoyo para la toma
de decisión y filosofías de gestión que pretenden establecer bases de
acción (RCM, FMEA, MSG3, HAZOP, TPM, análisis por árbol de fallos, RCM 2 y
otros).
Este artículo solamente resume las quince áreas de
cambio. La utilización de ésta síntesis para comparar distintas herramientas
estratégicas de mantenimiento, será motivo de otro trabajo.
INTRODUCCIÓN
Máxima
1
ANTIGUA
El mantenimiento se
ocupa de la preservación de los activos físicos
MODERNA
El mantenimiento se ocupa de la
preservación de las funciones de los activos
La mayoría de los ingenieros
sienten alguna afinidad con los objetos, sean mecánicos, eléctricos o
estructurales. Esto conlleva a darnos satisfacción cuando los activos están en
buenas condiciones y cierto disgusto por activos en mal estado.
Estos reflejos fueron siempre
los rectores del mantenimiento preventivo. Han originado conceptos de “cuidado
de activos”, que tal como su nombre indica, persigue cuidar de los
activos por ser activos. Esto también ha inducido a los
estrategas de Mantenimiento a creer que el mantenimiento persigue preservar la
confiabilidad inherente o la capacidad de diseño de cualquier
activo. De hecho esto no es así.
A medida que adquirimos mejor
comprensión del papel que juegan los activos en un negocio, comenzamos a
apreciar que todo activo físico es puesto en servicio porque alguien
desea que haga algo. De esto surge que cuando mantenemos un activo, el
estado en el cual deseamos conservarlo debe ser aquél en el cual continúe
haciendo lo que quienes lo utilizan desean que haga. Esto a su vez implica
que debemos prestar atención en mantener lo que el activo hace, más que
en lo que el activo es.
Es evidente que antes de poder
hacer esto, debemos obtener una comprensión totalmente clara respecto de las
funciones de cada activo, junto con sus parámetros de funcionamiento.
Por ejemplo: la Fig. 1
muestra una bomba de agua con una capacidad nominal de 400 litros/minuto,
bombeando agua a un tanque del cual se consumen 300 litros/minuto. En
este caso la función primaria de la bomba es “suministrar agua al tanque a no
menos de 300 litros/minuto”. Cualquier programa de mantenimiento para
esta bomba, debe asegurar que no baje de los 300 litros/minuto. (Note que para
asegurar que el tanque no se vacíe, el programa de mantenimiento NO persigue
que la bomba continúe siendo “capaz de suministrar 400 litros/minuto”.
FIGURA
1
Sin embargo, si la misma bomba
es mudada a otro tanque en el cual el consumo es de 350 litros/minuto, la
función primaria cambia en concordancia y por lo tanto el programa de
mantenimiento tiene que responder para satisfacer la mayor expectativa.
Las funciones y las expectativas
de desempeño no solamente cubren el volumen de producción. También se
relacionan con cuestiones como la calidad del producto, el servicio al cliente,
economía y eficiencia de operación, control, contención, confort, protección,
cumplimiento de normas del medio ambiente, integridad estructural e inclusive
el aspecto físico del activo.
Máxima
2
ANTIGUA
El mantenimiento de rutina es para prevenir fallos
MODERNA
El mantenimiento de rutina
es para evitar, reducir o eliminar las consecuencias de los fallos
Un análisis detallado de una
planta industrial promedio, puede arrojar de cinco a diez mil modos de fallo
posibles. Cada uno de estos fallos afecta a la organización de alguna
manera. Pero en cada caso los efectos son diferentes. Pueden afectar a
las operaciones. También pueden afectar a la calidad de los productos, servicio
al cliente, seguridad o medio ambiente. Todos costarán tiempo y dinero
para su reparación.
Estas consecuencias ejercen
fuerte influencia sobre el énfasis con que trataremos de prevenir cada
fallo. Si un modo de fallo tiene consecuencias severas, estaremos
dispuestos a arbitrar cualquier medida para tratar de prevenirlo.
Si tiene poco o ningún efecto, tal vez decidiremos no tomar ninguna acción
preventiva.
En otras palabras: las
consecuencias de los fallos son mucho más importantes que sus características
técnicas.
Por ejemplo, un fallo que
pudiese afectar a la bomba de la Fig. 1 es “el rodamiento se agarrota debido al
deterioro por el uso normal”. Si el reemplazo de un rodamiento fallado
lleva cuatro horas y el fallo no anticipado del rodamiento solo se hace
evidente a los operarios cuando el nivel del tanque desciende al interruptor de
bajo nivel, el tanque solo contendría 2,5 horas de suministro de agua.
Por consiguiente se vaciará y permanecerá vacío por 1,5 horas mientras el
rodamiento es reemplazado.
Una tarea “a condición”
aplicable a esta circunstancia sería el monitoreo de los niveles de vibración
utilizando un analizador de vibraciones. Si es detectado el fallo
incipiente, la primera prioridad de los operarios será llenar el tanque antes
de que el rodamiento se agarrote. Con esto, obtendrán cinco horas para
hacer una reparación de cuatro. Esto a su vez les permite evitar las
consecuencias de un tanque vacío (y también evitar posibles daños secundarios a
la bomba). La tarea no “salva” al rodamiento - éste está condenado
pase lo que pase.
Este ejemplo demuestra que el
principal motivo para realizar una tarea de mantenimiento proactiva es para
evitar, reducir o eliminar las consecuencias de un fallo. Una
revisión formal de consecuencias de fallos concentra la atención en
tareas de mantenimiento que tienen el mayor impacto en el funcionamiento de la
organización y reduce la atención sobre aquellas que tienen baja o ninguna
incidencia. Esto contribuye a asegurar que cualquiera sea el costo de
mantenimiento, éste sea aplicado allí donde traerá los mayores beneficios.
Máxima
3
ANTIGUA
El principal objetivo de
la función mantenimiento es el de optimizar la disponibilidad de planta al
mínimo costo.
MODERNA
El mantenimiento
afecta todos los aspectos de efectividad del negocio, riesgo, seguridad, integridad
del medio ambiente, uso eficiente de la energía, calidad de producto y servicio
al cliente. No solamente disponibilidad de planta y costo.
Los tiempos de parada de máquinas
siempre han afectado la capacidad productiva de los activos físicos limitando
los volúmenes de producción, aumentando los costos operativos e interfiriendo
con el servicio a clientes. En las décadas de 1960 y 1970 esto ya preocupaba en
los sectores de minería, manufactura y transportes. En manufactura, los
efectos de tiempos de paro se agravan con el advenimiento mundial de los
sistemas “just-in-time”, implicando que los reducidos stocks de material en
proceso hagan altamente probable que hoy, aún fallos menores, ya conlleven la
posibilidad de parar toda una planta. En tiempos recientes, la mayor
mecanización y automatización ha traído consigo que la
confiabilidad y disponibilidad se han transformado en
cuestiones clave en sectores tan diversos como la
atención de salud, procesamiento de datos, telecomunicaciones y administración
de edificios.
El costo de
mantenimiento también está creciendo a paso constante a lo largo de varias
décadas, tanto en términos absolutos como en su incidencia en el total de
gastos. En algunas industrias es hoy el segundo elemento de costo cuando
no a veces el primero en incidencia. De tal suerte, en cuarenta años el
costo de mantenimiento ha pasado de insignificante, a la cabeza de las
prioridades de control de costos.
La importancia
de estos dos aspectos de la administración de los activos físicos (tiempos de
paradas y costos de mantenimiento), hace que muchos gerentes y jefes de
mantenimiento sigan considerándolos como los únicos objetivos significativos de
mantenimiento.
Sin embargo
esto ha dejado de ser cierto. La función de mantenimiento hoy tiene un espectro
amplio de objetivos adicionales. Los resumiremos en los párrafos siguientes.
El mayor nivel
de automación implica que más y más fallos afecten nuestra habilidad de
alcanzar y mantener niveles de calidad satisfactorios. Esto se relaciona
tanto con estándares de servicio como con la calidad de los
productos. Así, por ejemplo, los fallos de los equipos que afectan el
control de temperatura en un edificio o una red de transporte, interfieren
tanto como la consecución permanente de la especificación de tolerancias de
producción.
Otro resultado
del incremento de automación es el aumento de la cantidad de fallos que tienen
serias consecuencias sobre la seguridad o el medio ambiente, cuando
simultáneamente las exigencias respecto de estas variables están creciendo
rápidamente. En muchos lugares del mundo se ha llegado al punto en que
las organizaciones, o bien se adaptan a las expectativas de la
sociedad respecto de seguridad y medio ambiente, o son clausuradas. Esta
realidad agrega una nueva dimensión a nuestra dependencia de la integridad de
los activos físicos: va más allá de los costos para transformarse en una
cuestión de sobre vivencia de ciertas empresas.
Al mismo
tiempo que crece nuestra dependencia de los activos físicos, también crece su
costo. Costo de operarlos y costo de tenerlos. Para asegurar
el máximo retorno sobre la inversión que significan, deben ser mantenidos en
condiciones de operación eficiente durante todo el tiempo que sus
usuarios así lo deseen.
Estos desarrollos
significan que el mantenimiento actual desempeña un rol que se desplaza
crecientemente hacia los objetivos de preservar todos los aspectos de la
salud física, financiera y competitiva de la empresa. Esto a su vez implica que
los profesionales del mantenimiento se deben a sí mismos y a sus empleadores el
equiparse con las herramientas necesarias para resolver estas cuestiones
en forma continua, proactiva y directa y no manejarlas “ad-hoc” cuando el
tiempo lo permite.
Máxima
4
ANTIGUA
La mayoría de los equipos
son más propensos a fallar cuando envejecen.
MODERNA
La mayoría de los fallos no son más probables cuando el equipo
envejece.
Durante décadas, la sabiduría
convencional sugería que la mejor forma de optimizar el desempeño de activos
físicos era restaurarlos o reponerlos a intervalos fijos. Esto se basaba en la
premisa de que hay una correlación directa entre la cantidad de tiempo (número
de ciclos) que el equipo está en servicio, y la probabilidad de que falle, como
muestra la Figura 2. Esto sugiere que la expectativa es que la mayoría de los
ítems operarán confiablemente por un período “X”, y luego se desgastan.
El pensamiento clásico sostenía que
“X” podía ser obtenido a partir de registros históricos sobre fallos de
equipos, permitiendo a los usuarios la toma de acciones preventivas poco antes
de que el ítem estuviese por fallar en el futuro. En efecto, esta
correlación predicable “edad” y “fallo” es válida para algunos modos de
fallo. Tiende a encontrarse en casos en que el equipo está en contacto
directo con el producto. Ejemplos: impulsores de bombas,
refractarios de hornos, asientos de válvulas, recubrimiento de trituradoras,
transportadores a tornillo y así siguiendo. Los fallos relacionados con la edad
muchas veces también se asocian con fatiga y
corrosión.
FIGURA
2
Sin embargo, en general los
equipos son mucho más complejos aún de lo que eran hace quince años. Esto
ha llevado a cambios asombrosos en los patrones de fallo de los equipos, como
muestra la Figura 3. Los gráficos muestran la probabilidad condicional de
fallo en función de la edad de operación para una gran variedad de ítems
eléctricos y mecánicos.
El patrón A es la bien
conocida “curva de bañera” y el patrón B es el mismo de la Figura
2. El patrón C muestra una probabilidad lentamente creciente de fallo,
sin una edad específica de desgaste. El patrón D muestra una baja probabilidad
inicial y luego un rápido incremento a un nivel constante, mientras el patrón E
muestra una probabilidad constante a cualquier edad. El patrón F comienza
con una alta probabilidad de mortandad infantil para decaer a una probabilidad
baja y constante o ligeramente creciente de fallo.
FIGURA 3
Los estudios realizados en la
aviación civil mostraron que 4% de los ítems se comportan de acuerdo con
el patrón A, 2% con el B, 5% con el C, 7% con el D, 14%
con el E y nada menos que 68 % con el F. (La distribución de estos
patrones en la aviación, no necesariamente es la misma que en la industria.
Pero a medida que los equipos se tornan más complejos, más y más ítems se
comportan de acuerdo con los patrones de fallo E y F).
Estas conclusiones contradicen
la creencia de que siempre hay una correlación entre confiabilidad y edad de
operación; creencia que llevó a la idea de que cuanto más frecuentemente se
restaura un ítem, menor es la probabilidad de que falle. En la práctica esto
raramente es cierto. Salvo que exista un modo de fallo dominante que está
correlacionado con la edad, las restauraciones o reemplazos a intervalos fijos
hacen poco o nada a favor de la confiabilidad de ítems complejos.
La mayoría de los profesionales
del mantenimiento son conscientes de estas situaciones y comienzan a
preocuparse por la realidad de la aleatoriedad, después de décadas en la
bañera. Sin embargo, el hecho de que la curva de la bañera todavía
aparece en tantos textos de mantenimiento, es testimonio de la fe casi mística
que algunas personas mantienen respecto de la correlación entre edad y
fallo. En la práctica, esta fe tiene dos serios inconvenientes:
* conduce a creer que aunque no
tengamos ninguna evidencia cierta de que existe un modo de fallo relacionado
con la edad, de todos modos es prudente restaurar el ítem de tanto en tanto,
“por si acaso” como si tal modo de fallo existiese. Esto prescinde del hecho de
que las restauraciones son acciones extraordinariamente disruptivas, que
interfieren masivamente en sistemas estables. En consecuencia, propenden
a inducir mortandad infantil produciendo justamente los fallos que
pretenden prevenir. Esto se ilustra en la Figura 4.
FIGURA
4
* a nivel más
filosófico, los creyentes en la bañera se auto convencen de que es más
conservador (es decir más seguro) suponer que todo tiene una vida útil y en
consecuencia restaurar los equipos en base a una vida útil supuesta que aceptar
que pueda fallar aleatoriamente. Luego de implantar mantenimiento
restaurativo basado en ese supuesto, sostienen que ningún fallo debiera ocurrir
entre restauraciones y que cualquiera que ocurriese no obstante, no puede ser
atribuido a falta de mantenimiento “porque lo hemos restaurado la semana
pasada/el año pasado/ o lo que sea”. La posibilidad de que el
mantenimiento restaurativo por sí mismo pueda ser el causante del fallo, ni se les
ocurre a esas personas. Más grave aún: se niegan a aceptar la
conclusión más importante asociada a la MÁXIMA 4, que se resume como sigue:
Ante la ausencia de cualquier
evidencia en contra, es más conservador desarrollar estrategias de
mantenimiento que suponen que cualquier fallo puede ocurrir en cualquier
momento (es decir aleatoriamente) y no suponer que solamente ocurrirá
después de un cierto período de tiempo en servicio.
INTRODUCCIÓN
Máxima
5
ANTIGUA
Para desarrollar un
programa de mantenimiento exitoso es necesario disponer de buenos datos
estadísticos sobre ratios de fallos (historial).
MODERNA
Las decisiones sobre el
control de fallos de los equipos casi siempre tendrán que ser tomadas con datos
inadecuados sobre ratios de fallo.
Es sorprendente cuánta gente
cree que solamente se pueden formular políticas eficaces de mantenimiento si se
dispone de extenso historial de información sobre fallos. Alrededor
del mundo se han instalado millares de sistemas manuales y computarizados para
registrar historial técnico basado en esa creencia. También ha inducido a poner
mucho énfasis en los patrones de fallo discutidos en la Máxima 4
anterior. Sin embargo desde el punto de vista del mantenimiento, estos
patrones están cargados de dificultades prácticas y contradicciones. En lo que
sigue resumimos algunos:
Dimensión de la muestra y evolución:
Los procesos industriales de
envergadura normalmente poseen solamente uno o dos activos de cada tipo.
Tienden a ser puestos en funcionamiento secuencialmente y no
simultáneamente. Esto significa que el tamaño de la muestra estadística
suele no ser representativo. Para activos nuevos con alto contenido de
tecnología de avanzada, siempre son muestras estadísticas demasiado pequeñas.
Tales activos además están en
constante estado de evolución y modificación, en parte como respuesta a nuevos
requisitos operacionales y en parte para intentar de eliminar fallos que o bien
tienen serias consecuencias o son demasiado costosos para prevenir.
Quiere decir que el período de tiempo durante el cual cualquier activo
permanece en una misma configuración, es relativamente breve.
En tales circunstancias, los
registros históricos no tienen mucha validez, ya que la base de datos es muy
pequeña y constantemente cambiante. (La excepción importante son empresas de
gran dimensión que utilizan cantidades grandes de equipos idénticos en
contextos también idénticos).
Complejidad:
La cantidad de activos y
diversidad de los mismos en la mayoría de los emprendimientos industriales
significa que es simplemente imposible desarrollar una descripción analítica
completa de las características de confiabilidad de toda una empresa, o
siquiera de algún activo importante dentro de la misma.
Esto se complica aún más por el
hecho de que muchos fallos funcionales no se originan en dos o tres, sino
tal vez en dos o tres docenas de modos de fallo. En consecuencia,
mientras puede ser relativamente fácil registrar estadísticamente los fallos
funcionales, sería un enorme emprendimiento estadístico aislar y describir los
patrones de fallo que se aplican a cada modo de fallo. Esto solo, ya hace
que un análisis estadístico histórico realmente válido sea casi imposible.
Información sobre fallos:
Cuando la política de
información no es coherente, aparecen más problemas. Por ejemplo en un sector
un ítem puede ser sacado de servicio porque está fallando, mientras que en otro
sector solo se lo retira cuando ha fallado.
También surgen diferencias de
este tipo cuando difieren las expectativas de desempeño. Se define
como fallo funcional a la incapacidad de un ítem en satisfacer un
parámetro de desempeño deseado. Estos parámetros naturalmente pueden diferir
para un mismo activo si el contexto operacional es diferente, de modo que
cuando decimos “falló” también podemos estar implicando estados diferentes. Por
ejemplo la bomba mostrada en la Figura 1 ha fallado si es incapaz de
suministrar 300 litros por minuto en un contexto, pero 350 litros por minuto en
otro.
Estos ejemplos muestran que lo
que es un fallo en una organización - o a veces hasta en un sector de la
organización - puede no ser un fallo en otra organización. Esto puede
resultar en dos series de datos bastante diferentes para dos ítems
aparentemente idénticos.
La contradicción total:
Lo que más distorsiona toda la
cuestión del historial técnico es el hecho de que si estamos registrando datos
de fallos, debe ser porque no los estamos previniendo. Las implicancias de esto
están resumidas por Resnikoff (1978) en la siguiente aseveración:
“La obtención de información
que los diseñadores de políticas de mantenimiento consideran más necesaria -
información referida a fallos críticos - en principio es inaceptable y pone en
evidencia las deficiencias del programa de mantenimiento. Se sabe que hay
fallos críticos que pueden ocasionar (y en algunos casos necesariamente
ocasionan) la muerte. Ningún porcentaje de muertes es aceptable en una
organización, como precio para la obtención de información sobre fallos
dirigida a establecer políticas de mantenimiento. Por lo tanto, el
diseñador de políticas de mantenimiento enfrenta el problema de fijar una
política de mantenimiento para la cual la expectativa de pérdida de vida será
menor que la de la vida esperada del activo. Esto significa que tanto en
la práctica como por principio, la política tendrá que ser diseñada sin
utilizar información experimental que surgiría de los fallos que la política
intenta evitar.”
Para aquellos casos en que
ocurre un fallo crítico a pesar del mejor esfuerzo de los diseñadores de
políticas de mantenimiento, Nowlan y Heap (1978) hacen el siguiente comentario
referido a la obtención y el análisis de datos históricos:
“El desarrollo de una
correlación entre edad y confiabilidad, como lo es la curva de ‘probabilidad
condicional de fallo’ en función de la ‘edad’ requiere una cantidad
respetable de datos. Cuando el fallo tiene consecuencias graves, tal
cantidad de datos no existe, ya que será imperioso que se tomen medidas
preventivas después de la primera falla. Por consiguiente, el análisis de
estadísticas históricas de fallos no sirve para establecer límites de ‘edad’
(“vida”) precisamente en aquellos casos de máxima preocupación: aquellos
donde es necesario asegurar la seguridad.”
Esto nos coloca frente a la
contradicción más flagrante con respecto a la prevención de fallos con
consecuencias graves y la información histórica respecto de dichos fallos: un
mantenimiento preventivo eficaz nos impide obtener los datos históricos que
creemos necesitar para decidir qué mantenimiento preventivo debemos realizar
para que sea eficaz.
La contradicción recíproca se
cumple en el otro extremo de la escala de consecuencias. Aquellos fallos
con consecuencias poco importantes suelen ser tolerados, precisamente porque no
importan mucho. Como resultado, es fácil obtener muchos datos
estadísticos históricos sobre estos fallos. Esto significa que tendremos
suficiente material para un análisis estadístico representativo. En
ciertos casos hasta pueden surgir límites de ‘edad’. Sin embargo,
justamente porque estos fallos importan poco, es muy improbable que las
intervenciones de mantenimiento a intervalos fijos resulten
costo-eficaces. Es decir que si bien para estos casos la obtención y el
análisis de estadísticas históricas serían válidos por su precisión, también
será probable que constituya una pérdida de tiempo.
Conclusión:
Tal vez la conclusión más
importante que estriba de los comentarios anteriores, es que los profesionales
del mantenimiento deben dejar de contar fallos (con la esperanza de que un
lindo gráfico les diga cómo ganar la partida en el futuro) para en cambio
abocarse a anticipar o prevenir fallos, que es lo que importa.
Entonces, para ser realmente
eficaces, debemos aceptar la idea de la incertidumbre y desarrollar estrategias
que nos permitan manejarla con confianza. También debemos admitir que si las
consecuencias de demasiada incertidumbre no pueden ser toleradas, tendremos que
cambiar las consecuencias. En casos extremos de incertidumbre, puede ser
que la única solución sea abandonar el proceso en cuestión.
INTRODUCCIÓN
Máxima
6
ANTIGUA
Hay tres tipos básicos de
mantenimiento:
Predictivo - Preventivo - Correctivo
MODERNA
Hay
cuatro tipos básicos de mantenimiento:
Predictivo - Preventivo - Correctivo - Detectivo
La mayor parte de lo que ha sido
escrito hasta ahora sobre estrategias de mantenimiento en general, hace
referencia a tres - y solamente tres - tipos de mantenimiento: predictivo,
preventivo y correctivo.
Las tareas predictivas (o
basadas en la condición), implican constatar si algo está fallando. Las
tareas de mantenimiento preventivo normalmente implican restaurar ítems o
reemplazar componentes a intervalos fijos. El mantenimiento correctivo
significa reparar ítems cuando se descubre que están fallando o cuando han
fallado.
Sin embargo, hay toda una
familia de tareas de mantenimiento que no está incluida en ninguna de las tres
categorías mencionadas.
Por ejemplo, cuando accionamos
una alarma de incendio de tanto en tanto, no estamos verificando si está
fallando. Tampoco la estamos restaurando ni reemplazando y tampoco la
estamos reparando. Simplemente estamos verificando si aún funciona.
Las tareas diseñadas para
verificar si algo aun funciona, se conocen como “verificación
funcional” o “tareas de búsqueda de fallas”. (Por coherencia - y para que
rimen con las otras tres familias de tareas - el autor y sus colegas
también las llaman “detectivas” porque se utilizan para
detectar si algo ha fallado).
El mantenimiento detectivo
o búsqueda de fallos, solamente se aplica para fallos ocultos o
no-evidentes. Los fallos ocultos a su vez sólo afectan a dispositivos de
protección.
Si aplicamos técnicas de
formulación de estrategias de mantenimiento científicas a casi cualquier
sistema industrial moderno y complejo, nos encontramos que hasta el 40% de los
modos de fallo caen en la categoría de fallos ocultos. Más aún, hasta el
80% de estos modos de fallo requieren “búsquedas de fallo”. Esto indica
que típicamente un tercio de las tareas generadas por un programa de diseño
de estrategias de mantenimiento completo y correctamente aplicado, serán tareas
detectivas.
Por otra parte, las mismas
técnicas analíticas demuestran que normalmente el “monitoreo a condición”
solamente es técnicamente viable para no más del 20% de los modos de fallo, y
que solamente “vale la pena” la inversión en la mitad de estos casos. (Esto de
ninguna manera quiere decir que el “monitoreo a condición” no deba
ser utilizado: donde es bueno, es muy, MUY bueno, pero
también debemos recordar de desarrollar estrategias adecuadas para manejar el
restante 90% de los modos de fallo).
Un hecho más alarmante es que la
mayoría de los planes de mantenimiento tradicionales solamente proveen alguna
atención a la tercera parte (un tercio) de los dispositivos de protección (y
generalmente a intervalos inadecuados).
Las personas que operan y
mantienen una planta cubierta por estos planes de mantenimiento tradicionales,
tienen conciencia de que existe otro tercio de estos dispositivos a los cuales
no le prestan ninguna atención, mientras es normal que nadie tan siquiera sabe
que el tercer tercio existe. Esta falta de atención y de conocimiento
significa que la mayoría de los elementos de protección en las industrias -
nuestro último recurso de protección cuando todo lo demás falla - reciben pobre
mantenimiento o ningún mantenimiento.
Esta
situación es totalmente insostenible.
Si la industria toma en serio
los temas de seguridad e integridad ambiental, entonces toda la cuestión del
mantenimiento detectivo (búsqueda de fallos) debe recibir primer prioridad en
términos de urgencia. A medida que más y más profesionales del
mantenimiento toman conciencia de la importancia de esta área descuidada del
mantenimiento, tiende a convertirse en un argumento estratégico de envergadura
que en la próxima década superará a lo que el mantenimiento predictivo
fue en los últimos diez años.

INTRODUCCIÓN
Máxima
7
ANTIGUA
La frecuencia con que se realizan las tareas “a-condición-de”
debe basarse en la frecuencia de la falla y/o la criticidad del
ítem.
MODERNA
La frecuencia con que se realizan las tareas
“a-condición-de” debe basarse en la duración del período de desarrollo de la
falla (también conocido como “tiempo de demora hasta la falla” ó “intervalo
P-F”).
Cuando se discute la frecuencia
con que deben ser realizadas las tareas predictivas (ó “a-condición-de”)
frecuentemente se oyen una (a veces ambas) aseveraciones siguientes:
·
No falla con frecuencia, por lo tanto no es necesario chequearlo con
frecuencia.
·
Debemos chequear
elementos críticos con frecuencia mayor que los elementos menos críticos de la
planta.
Ambas aseveraciones están
equivocadas.
La frecuencia de las tareas de
Mantenimiento Predictivo no tiene nada que ver con la frecuencia de la falla y
no tiene nada que ver con la criticidad del ítem. La frecuencia de
cualquier forma de mantenimiento “a-condición-de” se basa en el hecho de que la
mayoría de las fallas no ocurren repentinamente. Más bien ocurre que en
muchos casos es posible detectar que la falla ha comenzado a ocurrir, durante
los estadios finales del deterioro.
La Fig. 5 muestra este
proceso. Se la denomina curva P-F porque
muestra cómo una falla comienza y prosigue el deterioro hasta un punto en el
cual puede ser detectado (el punto de falla potencial “P”). A partir de
allí, si no se detecta y no se toman las acciones adecuadas, continúa el
deterioro -a veces a un ritmo acelerado - hasta alcanzar el punto “F” de falla
funcional.
La cantidad de tiempo (o el
número de ciclos de esfuerzo) que transcurren entre el punto en que aparece una
falla potencial y el punto en el cual se transforma en un fallo funcional, se
conoce como intervalo P-F, mostrado en la Fig. 6.
El intervalo P-F rige la
frecuencia con que debe ser realizada la tarea predictiva. El intervalo
de chequeo, debe ser sensiblemente menor que el intervalo P-F si deseamos
detectar el fallo potencial antes de que se convierta en un fallo funcional.
FIGURA
5
El intervalo P-F puede ser
medido en cualquier unidad asociada con la exposición al uso (tiempo de uso,
unidades producidas, número de paradas y arranques, etc.). La medición más
frecuente es por tiempo transcurrido. Para diferentes modos de fallo, el
intervalo P-F puede variar desde fracciones de segundos a varias décadas.
FIGURA 6
El
tiempo necesario para responder a cualquier fallo potencial que se descubra
también influye sobre los intervalos de tareas “a condición”. En
general, estas respuestas implican cualquiera o todas las siguientes acciones:
·
actuar para
evitar las consecuencias de la falla
·
Planificar una
acción correctiva tal que pueda ser ejecutada sin disrupción de la producción o
de otras tareas de mantenimiento.
·
planificar los
recursos necesarios para corregir la falla.
El tiempo necesario para tales
respuestas también es variable. Pueden ser horas (por ejemplo hasta el fin de
un ciclo de trabajo o el final de un turno), minutos (para evacuar personas de
un edificio que se está derrumbando) o aún segundos (para detener una máquina o
un proceso que está saliendo de control) hasta semanas o meses (por ejemplo
hasta una parada general).
Salvo que aparezca una buena
razón en contra, generalmente es suficiente definir un intervalo de chequeo
igual a la mitad del intervalo P-F. Esto asegura que la tarea de
chequeo encontrará la falla antes de que ocurra el fallo funcional, dando a la
vez la mitad del tiempo del intervalo P-F para tomar alguna acción al respecto.
Sin embargo, algunas veces es
necesario elegir un intervalo de chequeo que es una fracción diferente
del P-F. Por ejemplo la figura 7 muestra cómo un intervalo P-F de
nueve meses y un intervalo de chequeo de un mes, deja un intervalo neto de P-F
de ocho meses.
Si el intervalo P-F es
demasiado corto para que el chequeo resulte práctico en ese intervalo, o si el
intervalo P-F es demasiado corto para permitir cualquier medida una vez
encontrada la falla potencial, la tarea “a condición” no es apta para el modo
de falla en cuestión.
FI
Máxima
8
ANTIGUA
En caso de ser técnicamente factible tanto una tarea de
restauración o reemplazo a intervalos fijos (preventiva), como una
tarea “a condición de” (predictiva), generalmente la
primera es más económica y efectiva que la basada en la condición.
MODERNA
En caso de ser
técnicamente factible tanto una tarea de restauración o reemplazo a
intervalos fijos (preventiva), como una tarea “a condición de”
(predictiva), ésta última es generalmente más económica y efectiva
a lo largo de la vida del activo.
Hoy en día la nueva máxima 8 es
bien entendida por la mayoría de los profesionales del mantenimiento por lo
cual registramos aquí éste cambio tan solo para completar el
panorama. Sin embargo queda un pequeño número de personas que
siguen creyendo en la máxima antigua. Por consiguiente vale la pena
resumir brevemente por qué la máxima nueva es válida. Posiblemente la
mejor forma de hacerlo es mediante un ejemplo.
En la mayoría de los países hoy
se especifica una profundidad mínima legalmente aceptable para el dibujo
de un neumático (generalmente 2 mm). Los neumáticos que llegan a, o superan tal
desgaste, deben ser recauchutados o reemplazados. En la práctica, neumáticos
de camiones - especialmente en vehículos similares de una misma flotilla que
opera recorriendo rutas similares - muestran una correlación buena entre edad y
aparición de falla por desgaste normal. La recubierta restituye
casi completamente la resistencia original al desgaste. Por consiguiente
los neumáticos admitirían una programación para su restauración después de
haber recorrido una distancia preestablecida. O sea que todos los
neumáticos de la flota serían recauchutados una vez cubierto un kilometraje de
recorrido prefijado, lo requieran o no.
FIGURA
8
La figura 8 muestra los datos de
falla hipotéticos de tal flotilla. Se observa que la mayoría de los
neumáticos duran entre 45.000 y 75.000 Km. Si se adoptase una política de
recubrir todos los neumáticos a intervalos prefijados en base a estos datos
estadísticos, todos los neumáticos serían recubiertos a los 45.000 Km.
Esta política significaría que muchos neumáticos son recubiertos mucho antes de
que fuese realmente necesario. En algunos casos, neumáticos que hubiesen
durado 75.000 Km., ya serían recubiertas a los 45.000 con lo que perderían
hasta 30.000 Km. de vida útil.
Por otra parte, es posible
definir una condición de fallo potencial de neumáticos, en función de la
profundidad del dibujo. Verificar la profundidad del dibujo es rápido y fácil.
Luego es sencillo chequear los neumáticos, digamos, cada 3.000 Km. y programar
su recubierto solamente cuando lo requieran. Esto permitiría obtener un
promedio de uso de 60.000 Km. de los neumáticos, sin correr riesgos, en vez de
los 45.000 Km. que lograría si efectúa la restauración programada descripta
primero. Esto es un aumento en la vida útil de 33%. Este ejemplo
demuestra que una tarea predictiva es mucho más costo-eficaz que una
restauración programada (preventiva).
El ejemplo demuestra que el
mantenimiento predictivo debe ser considerado primero, por los siguientes
motivos:
·
casi siempre puede
ser ejecutado sin mover el activo y generalmente manteniéndolo en
operación. Es decir que raramente interfiere con la producción.
Además suele ser fácil de organizar.
·
identifica
condiciones de fallos potenciales específicos lo cual permite definir claramente
las acciones correctivas antes de iniciarlas. Esto reduce la cantidad de
trabajo de reparación a efectuar y posibilita que sea ejecutado con mayor
rapidez.
·
al identificar la
falla de equipos en el punto de fallo potencial, se permite el aprovechamiento
máximo de su vida útil. La cantidad de reemplazos que se realizan por
fallos potenciales es muy poco superior a la que ocurriría por fallos
funcionales de modo que el costo total de reparación y de repuestos resulta
minimizado.
Máxima
9
ANTIGUA
Los incidentes serios,
accidentes catastróficos que implican fallos múltiples de equipos, generalmente
son el resultado de “mala suerte” ó “actos de Dios”, y por lo tanto son
inmanejables.
MODERNA
La probabilidad de
un fallo múltiple es, en buena medida, una variable manejable, especialmente en
sistemas protegidos
En el pasado,
los grandes accidentes industriales solían ser contemplados como un riesgo
adicional del negocio. Se pensaba que
era demasiado costoso, si no imposible, analizar los sistemas industriales con
suficiente detalle como para controlar los riesgos con alguna credibilidad.
Más
recientemente, los especialistas en confiabilidad han desarrollado poderosas
herramientas para determinar probabilidades acumuladas de falla y niveles
globales de riesgos que afectan sistemas complejos. (Tales como determinación
probabilística o cuantitativa de riesgos).
Sin embargo,
la tendencia a considerar la probabilidad de fallo de la función protegida y
del dispositivo de protección como fijos ha impuesto cierta limitación a la aplicación de estas técnicas,
especialmente cuando se tratan sistemas protegidos. Esto conlleva la creencia de que la única
forma de modificar la probabilidad de fallos múltiples asociados con tales
fallos, es modificar el hardware (en otras palabras modificar el sistema) tal
vez agregando más protección o reemplazando componentes existentes por otros
considerados más confiables.
De hecho ahora
se ha puesto en evidencia de que es factible modificar tanto la probabilidad de
falla de la función protegida y (especialmente) el tiempo de indisponibilidad
del dispositivo de protección adoptando políticas adecuadas de mantenimiento y
de operación. En consecuencia, adoptando
tales políticas, también resulta posible
reducir la probabilidad de fallos múltiples a casi cualquier nivel razonable
deseado. (Está claro que “cero” es un ideal inalcanzable).
La
probabilidad aceptable para cualquier
fallo múltiple depende de sus consecuencias. En algunos casos, los niveles de
aceptabilidad están dados por normas o disposiciones legales emanadas de
autoridad competente. Pero en la gran mayoría de los casos la determinación
debe ser efectuada por quienes utilizan los activos. Dado que las consecuencias varían ampliamente entre sistema y sistema, la adopción
de la aceptabilidad también varía
ampliamente. Es decir que - al menos por
ahora - no existen normas de riesgo universales que puedan ser aplicadas a
cualquier sistema de un tipo dado.
Sin embargo alguien debe tomar la decisión respecto
del nivel de riesgo aceptable, antes de
decidir cómo debe diseñarse, operar y mantener sistemas
protegidos. De hecho, convencer a las
gerencias de que se trata de una variable
manejable y que por lo tanto ellos deben manejarla, es uno de los mayores desafíos que hoy
deben encarar los profesionales del mantenimiento.
Máxima
10
ANTIGUA
La
forma más rápida y segura de mejorar el comportamiento de un activo existente
que “no es confiable” es mejorar su diseño.
MODERNA
Casi siempre es más
costo-eficaz tratar de mejorar el comportamiento de un activo no confiable
mejorando la forma en que es operado y mantenido, revisando el diseño sólo si
tal solución no logra el comportamiento deseado.
A
medida que aprendemos más y más sobre qué debemos hacer para mantener
exitosamente nuestros activos, descubrimos cuántos problemas de mantenimiento
pudieron haberse evitado o eliminado ya en el tablero de dibujo durante el
diseño. Esto está alertando al reconocimiento - ya muy demorado -
de que los diseñadores de equipos deben considerar no solamente qué debe
hacerse para crear nuevos equipos que funcionen, sino cómo deben diseñarse para
que continúen funcionando.
Sin embargo, aparece una
tendencia a veces alarmante al aplicar inoportunamente esta visión a la
administración de activos ya existentes. Un reducido pero audible grupo
de personas parecen creer que la mejor forma de lidiar con problemas de
confiabilidad es volver al tablero de dibujo sin detenerse a preguntar si la
mejor solución al problema no será, eventualmente, aplicar mejores prácticas de
mantenimiento.
En la práctica, el mantenimiento
debe ser contemplado antes que el rediseño por tres motivos:
·
la mayoría de las
modificaciones llevan de seis meses a tres años desde la iniciación hasta la
entrega funcionando, dependiendo del costo y complejidad del nuevo
diseño. Por otra parte, la persona de mantenimiento que hoy está de
guardia, tiene que mantener el equipo tal como existe hoy y no aquél que
debiera estar allí o estará allí en algún futuro. De tal suerte, hoy debe
ser tratada la realidad de hoy, antes que los rediseños de mañana.
·
la mayoría de las
organizaciones encuentran más oportunidades de mejoras de diseño aparentemente
deseables que la factible física o económicamente.
Al intentar ante todo obtener el
funcionamiento deseado de los activos tal como están configurados actualmente,
contribuye a determinar prioridades racionales para tales proyectos. Esto
es así porque separa los rediseños que son indispensables, de aquéllos
meramente deseables.
·
no hay garantía automática
de que el nuevo diseño de hecho resolverá el problema. Los patios de chatarra
están repletos de modificaciones “que no funcionaron”: testimonio mudo de que
reinventar el diseño original muchas veces pasa a ser un costoso y fútil
ejercicio.
Esto no quiere decir que nunca
debemos rediseñar activos existentes. Frecuentemente se presentan casos
en que las prestaciones deseadas del activo exceden su confiabilidad
inherente. En tales casos ningún mantenimiento podrá lograr la prestación
deseada. “Mejor” mantenimiento no podrá resolver el problema.
Entonces deberemos mirar más allá del mantenimiento para encontrar soluciones. Las opciones incluyen la modificación
del activo, el cambio de procesos operativos o simplemente limitar las
expectativas y decidir vivir con el problema.
INTRODUCCIÓN
Máxima
11
ANTIGUA
Para la mayoría de los
activos pueden desarrollarse políticas genéricas de mantenimiento.
MODERNA
Las políticas
genéricas solamente deben aplicarse en activos idénticos cuyo contexto
operacional, funciones y parámetros de prestación deseados también sean
idénticos.
La mayoría de los planes de
mantenimiento tradicionales se apoyan en la creencia que para la mayor parte de
los activos pueden y deben aplicarse políticas genéricas de
mantenimiento. Frecuentemente se escucha decir, por ejemplo:
“la política de mantenimiento que aplicamos para todas nuestras bombas es
X” ó “calibramos todos nuestros instrumentos con la política Y”.
En cambio la formulación
científica de técnicas de mantenimiento demuestra que la aplicación de enfoques
genéricos de mantenimiento inadecuados es uno de los motivos principales por
los cuales tantos programas tradicionales de mantenimiento dejan de lograr su
pleno potencial. Los párrafos siguientes explican por qué los planes de mantenimiento
genéricos deben ser tratados con gran cautela:
·
funciones: la descripción de la Fig. 1 (en PG. 2)
muestra cómo una bomba puede tener una expectativa de prestación en una
ubicación y una expectativa diferente en otra ubicación. Parámetros de prestación
diferentes necesariamente requieren políticas de mantenimiento también
diferentes. (Esto es especialmente cierto donde se utilizan máquinas idénticas
para producir productos con requisitos de calidad muy diferentes).
·
modos de
falla: cuando se utilizan
máquinas idénticas en localizaciones diferentes (por ejemplo un sector de
alta humedad o un entorno con mucho polvo en el ambiente) o bien
para ejecutar tareas ligeramente diferentes (cortar un metal algo más duro que
el habitual, funcionamiento a mayor temperatura, bombeando un líquido más
abrasivo o más ácido) los modos de fallo variarán drásticamente. Esto
implica que las estrategias de mantenimiento también tendrán que variar acorde
con aquéllas diferencias en los modos de fallo.
·
consecuencias
de fallos: cuando
las consecuencias de fallos son diferentes, las estrategias de
mantenimiento también serán diferentes. Esto queda demostrado por las
tres bombas idénticas mostradas en la Fig. 9. La bomba A es “stand alone”
o sea bomba de servicio única. En tal contexto, si falla, tarde o temprano las
operaciones se verán afectadas. Por eso los usuarios ó mantenedores
de la bomba “A” estarán inclinados a realizar esfuerzos por anticipar ó
prevenir su fallo. (La medida del esfuerzo dependerá de la medida en que
serán afectadas las operaciones y de la seriedad y frecuencia de las fallas de
la bomba).
En cambio si falla la bomba “B”,
los operadores simplemente cambiarán por la bomba “C”. Entonces la única
consecuencia para la bomba “B” es que tendrá que ser reparada. En
vista de lo dicho, los operadores de la bomba “B” probablemente optarán por
dejar trabajar esa bomba “B” “hasta que falle” (especialmente si la
falla de la bomba “B” no causa ningún daño secundario).
Por otra parte, si la bomba
C falla mientras la bomba B aún está funcionando (por ejemplo si alguien
“canibalizó” una pieza de C quitándola para colocarla en alguna otra máquina
que la requiere), lo más probable es que los operarios ni siquiera sepan que la
bomba C ha fallado hasta que falle la bomba B también. Para
protegerse contra ésta situación posible, una estrategia sensata de
mantenimiento puede ser hacer marchar la bomba C de tanto
en tanto para detectar si ha fallado.
Este ejemplo muestra cómo tres
activos idénticos pueden conllevar tres estrategias de mantenimiento totalmente
diferentes, ya que las consecuencias de los fallos son diferentes
en cada caso.
* Tareas de mantenimiento: diferentes
organizaciones - o diferentes áreas de una misma organización - raramente emplean
personas con habilidades idénticas. Esto implica que las personas que
trabajan en un activo pueden preferir la utilización de una tecnología
pro-activa para anticipar fallos (por ejemplo alta tecnología), mientras otro
grupo trabajando con un activo idéntico puede sentirse más cómodo utilizando
otra (por ejemplo una combinación de monitoreo de desempeño y los sentidos
humanos). Es sorprendente que frecuentemente esto no importa, mientras
la(s) técnica(s) elegidas sean costo-eficaces. De hecho, muchas
organizaciones de mantenimiento comienzan a comprender que generalmente
conviene más que la gente que tiene que realizar la tarea se sienta cómoda en
ejecutarla, que imponer a todos la utilización de una misma metodología.
(La validez de diferentes tareas también depende del contexto operacional del
activo. Por ejemplo, pensemos cómo el ruido de fondo puede alterar la
verificación de “ruido anormal” en un equipo).
Todo esto significa que debe
tomarse especial cuidado en asegurar que el contexto operacional, las funciones
y los parámetros de desempeño deseados, sean virtualmente idénticos, antes de
aplicar a un activo una política de mantenimiento diseñada para otro.
INTRODUCCIÓN
Máxima
12
ANTIGUA
Las
políticas de mantenimiento deben ser elaboradas por directores y gerentes y los
planes de mantenimiento establecidos por especialistas calificados o por
contratistas externos (concepto de arriba hacia abajo).
MODERNA
Las políticas de mantenimiento deben ser
establecidas por las personas que están más cerca de los activos. La
responsabilidad de la Dirección y Gerencia es de proveer las herramientas que
les permitan tomar las decisiones correctas y asegurar que esas decisiones sean
sensatas y defendibles.
El departamento de planificación
tradicional tipificaba la actuación de la máxima antigua. Una de las
responsabilidades clave de este departamento, normalmente consistía en
recopilar programas de mantenimiento para todas las instalaciones de la
planta. Los programadores de mantenimiento dedicaban enorme
esfuerzo y gran cantidad de tiempo y energía a este tema. (Al autor le
consta: él fue uno de ellos). Sin embargo, en la mayor parte de los
casos, estos programas morían no bien llegaban a la Planta. Esto se debía
a dos motivos principales:
* Validez técnica: Los planificadores que establecían
los programas, habitualmente no estaban en contacto con las máquinas y equipos
(si es que alguna vez lo estuvieron). En consecuencia, generalmente
tenían un conocimiento incompleto e inadecuado respecto de las funciones, los
modos de fallo, los efectos y las consecuencias de los fallos de los elementos
para los cuales estaban estableciendo los programas. Esto hacía que en la
gran mayoría de los casos, los programas establecidos eran
genéricos. La consecuencia final de ese desarrollo era que las personas
responsables de poner en práctica los programas, de ejecutar las tareas
programadas por un departamento de programación fuera de contacto estrecho con
la realidad, lo encontraban incorrecto o irrelevante.
* Pertenencia: las personas en el campo de acción (supervisores y
operarios) contemplaban los programas como papelería burocrática poco
bienvenida, que les llegaba de alguna “torre de marfil” y que una vez iniciados
desaparecían. Muchos aprendieron que era más cómodo iniciar los programas
y devolverlos, que intentar ejecutarlos. (Esto frecuentemente hacía aparecer
índices satisfactorios de cumplimiento del mantenimiento, lo cual mantenía
contento a los programadores.) El motivo principal para la falta de
interés indudablemente era la falta total de participación.
La única manera de eliminar la
“no validez técnica” y “falta de participación”, es incorporar
al proceso de determinación de estrategias de mantenimiento a las personas que
trabajan con las máquinas y equipos. Ellos son los que realmente
entienden cómo funcionan, qué es lo que falla, cuánto importa cuando falla y
qué tiene que ser realizado para repararlo.
La mejor manera de disponer de
sus conocimientos en forma sistemática, es hacerlos participar formalmente en
una serie de reuniones. PERO es esencial garantizar que estas reuniones
no se transformen en más reuniones de conversaciones inconducentes. Esto
se logra capacitando, formando a los participantes en
procedimientos enfocados en la fijación de estrategias de mantenimiento,
y asegurando el guiado eficaz para la aplicación de esos
procedimientos.
Si esto se hace correctamente,
no solo se obtienen programas de mantenimiento de validez técnica muy superior
a lo que jamás se había logrado, sino que también se logra un nivel
excepcionalmente alto de aceptación y participación en los resultados
finales. Las personas que han participado se identifican con esos
resultados. Los entienden y creen en ellos.
(Una advertencia en esta etapa:
Es sabio evitar la tentación de contratar a consultores externos para
determinar estrategias de mantenimiento. La total ignorancia de personas
externas de casi todos los hechos discutidos en las máximas de 1 a 11 en cuanto
afectan a su planta, hace que todo lo que se conseguirá es un juego de
lindos formularios que sirven de poco y nada. Utilizar tales
“especialistas externos” para formular programas de mantenimiento es entrar en
el terreno difuso y peligroso en el cual la “delegación” se transforma en
“abdicación”).